Ella no se podía dormir, hacía días que no conciliaba el sueño. Pero esa era una vicisitud normal en su vida, digamos que no es una chica serena. Por la noche sueña con que la atacan monstruos, la comen cangrejos gigantes y se queda sola, exhausta, tirada al lado del mar, en ese pueblo de viejos navegantes, grises y patéticos.
Pero aquella noche Paula se levanto de la cama y fue directo al living, segura de que allí estaría lo que buscaba, pues caminaba con decisión. Bajó las escaleras rápidamente justo cuando el timbre sonó. Era de madrugada y lo único que estaba esperando ansiosa era encontrar aquello que ya no sabía si era un sueño o en verdad su deseo.
Miró la puerta, el portero… oyó el ladrido de los perros como nunca. Aquella noche soñó con peces, con su madre muerta y su búsqueda incansable, diferente a otros sueños.
Mientras más dudaba en atender el llamado del timbre, que ahora sí sonaba fuerte, más se le dispersaban las ideas, menos recordaba su objeto preciado, su lei motiv.
Bajó la luz. De golpe bajó la luz y lo único que alumbraba la humilde casa de Paula eran un par de estrellas rodeadas de bruma, mezclada con el humo denso del último cigarrillo que acaba de prender.
Toda la escena parecía redundante, como ocurre siempre. Donde el perro ladra, las luces bajan, y el humo y la desesperación.
Paula tomo las llaves de la puerta, lista para dar el gran salto, saldría al encuentro de un alguien que la dejaría por fin dormir en paz. No esperaba a nadie, se repitió.
Golpearon el techo esta vez y algo cayó al suelo, tal vez una nuez. La recogió y la comió, y como quien estuvo varios días en el desierto bebió incansablemente de esa agua que ante sus ojos eran un oasis perfecto.
Paula pensó en destruir todo, su casa, la cama, los monstruos, total tal vez el agua ingerida podrían impedir que se incendiara del todo su ser.
Se abrió la ventana de la habitación de arriba y bajó semblante su gata negra, Perla para los que la conocen. Perla se escabulló entre sus piernas, abrió la boca de par en par, lanzando sonidos estridentes. Unos minutos más tarde se durmieron juntas, como personajes nefastos de un film de terror.

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